Buscando chinos, bollos de calabaza fritos y cosas brillantes, me desvío unas cuadras por Teodoro García. Me acuerdo de Chacarita, de mis amigas y su mascota. Doy la vuelta (compro chipá) y eso es todo: lonas al sol, mate, conversación casual y el perro dando vueltas y enredándose con la gente que pasa. La ciudad murmura, porque los domingos habla bajo, le tiembla la voz. A mi se me cierran los ojos, me duele la cabeza y tengo la sensación de que todo da vueltas (son los resabios de una noche larga). Después de unas horas, cuando el día parece terminar como empezó, me pasa a buscar mi compañero de aventuras y nos vamos rumbo a plaza Bolivia. Como siempre, derecho por Lacroze, luego doblar en Libertador. Maravillarnos con las casas que parecen mansiones, hablar de los domingos a la tarde, del tiempo que nunca muere y del desamor latente. Su ansiedad y mis reflexiones. Su catarata de palabras y mi mirada perdida. Nos sentamos a cenar en la vereda. A nuestro alrededor, un grupo de ancianas (El Club de Amigas del Bridge de Las Cañitas) nos miran con fingida compasión. "Para muchos esto es grasa, para mi son vacaciones". Lo escucho decir eso y recuerdo por qué lo quiero y por qué estamos una vez más comiendo juntos, en la calle, como indigentes de la vida, libres de todo (de casi todo). Se queda callado y lo dejo ser. Yo sé que es así cuando lo ataca la nostalgia. Yo estuve en el mismo lugar, en la misma abstinencia... en esa emoción atragantada de extrañar a diario a quién inevitablemente se vuelve un fantasma con el correr de los días. Emprendemos la vuelta caminando erráticamente intentado esquivar el lunes que se avecina. Nos contentamos con un nuevo chiste, una nueva anécdota y con Buenos Aires, la ciudad que nos adoptó y tantas veces nos vio vagabundear. Llego al silencio de mi casa. Me acuesto con las manos siempre frías, la cabeza fresca y el espíritu en tibia paz (sólo porque es domingo). No me invade la soledad. No. ¿Por qué? Porque solía sentirme sola hasta que me hice amiga de mis demonios.
domingo, 25 de septiembre de 2011
miércoles, 24 de agosto de 2011
domingo, 7 de agosto de 2011
La lluvia de noviembre y yo
Dicen que nada dura para siempre. Es algo que dicen y cada tanto tomo como estandarte de mis propias ideas. Pero el mundo es demasiado relativo como para ponerse a batallar entre verdades e incertezas. Intuyo que hay algo que escapa a esa premisa. Al menos, por ahora. No puedo saber si permanecerá “por siempre”, pero creo que tiene potencial longevo y sobrevivirá mientras algo de mi sobreviva. Es una historia de amor. Y empezó cuando tenía once años.
Estábamos con mi familia de visita en la casa de una de mis tías. Pregunté por mi primo y me dijeron que estaba en su habitación. Me dirigí al pasillo y subí el primer tramo de la escalera hasta llegar al descanso. Recuerdo todos los detalles: el otoño, el piso de parqué, los escalones que rechinaban. La luz del sol entibiaba el vidrio de la ventana en la que me apoyé súbitamente al escuchar la música que empezó a sonar en la habitación. Era como escuchar la lluvia. Algo mágico, hipnótico. Me senté en uno de los escalones y me quedé ahí, procesando la letra, la música y lo que me pasaba. Quieta y en silencio como quien está en presencia de lo inexplicable. De repente, un solo de guitarra y se me anudó la garganta (por un momento creo que me escapé de mi cuerpo). Y ahí lo supe: me había enamorado de esa conjunción de música y palabras.
Cuando salí del trance, le pude preguntar a mi primo qué era eso. Por suerte mis padres son jóvenes y se casaron siendo rockeros de pelos con permanente en aquellos gloriosos ochenta. Me bastó con buscar entre las cajas de cassettes que había amontonadas en el living de mi casa para encontrar lo que quería. Auriculares, cuaderno y lápiz y una larga sucesión de Rew y Pause me llevaron a dar con el significado de la letra. Durante mi infancia no hubo vacaciones pomposas ni programas de Cris Morena pero tuve siempre el carnet de la biblioteca al día, una bici que me lleve a todos lados y clases de inglés dos veces por semana. Mi papá decía que un día me iban a servir de algo. Y no se equivocó.
Me llevó sus años transitar y comprender el alcance de esa canción. Ella me dice claramente que “nothin' lasts forever and we both know hearts can change”. Pero yo la sigo queriendo. Aún la sigo procesando, sintiendo. Tuvimos nuestros momentos difíciles (sobre todo cuando le gustaba golpearme con estrofas demasiado acordes a la ocasión) pero “never mind the darkness we still can find a way”. Y cada vez que llega el solo de guitarra, me emociono, se me caen algunas lágrimas y me dejo llevar.
Así me pasa hoy: un invierno, a los veinticinco años y con fantasmas de amores y soledades que duermen cerca mío mientras ella sigue repitiendo “you're not the only one”.
Estábamos con mi familia de visita en la casa de una de mis tías. Pregunté por mi primo y me dijeron que estaba en su habitación. Me dirigí al pasillo y subí el primer tramo de la escalera hasta llegar al descanso. Recuerdo todos los detalles: el otoño, el piso de parqué, los escalones que rechinaban. La luz del sol entibiaba el vidrio de la ventana en la que me apoyé súbitamente al escuchar la música que empezó a sonar en la habitación. Era como escuchar la lluvia. Algo mágico, hipnótico. Me senté en uno de los escalones y me quedé ahí, procesando la letra, la música y lo que me pasaba. Quieta y en silencio como quien está en presencia de lo inexplicable. De repente, un solo de guitarra y se me anudó la garganta (por un momento creo que me escapé de mi cuerpo). Y ahí lo supe: me había enamorado de esa conjunción de música y palabras.
Cuando salí del trance, le pude preguntar a mi primo qué era eso. Por suerte mis padres son jóvenes y se casaron siendo rockeros de pelos con permanente en aquellos gloriosos ochenta. Me bastó con buscar entre las cajas de cassettes que había amontonadas en el living de mi casa para encontrar lo que quería. Auriculares, cuaderno y lápiz y una larga sucesión de Rew y Pause me llevaron a dar con el significado de la letra. Durante mi infancia no hubo vacaciones pomposas ni programas de Cris Morena pero tuve siempre el carnet de la biblioteca al día, una bici que me lleve a todos lados y clases de inglés dos veces por semana. Mi papá decía que un día me iban a servir de algo. Y no se equivocó.
Me llevó sus años transitar y comprender el alcance de esa canción. Ella me dice claramente que “nothin' lasts forever and we both know hearts can change”. Pero yo la sigo queriendo. Aún la sigo procesando, sintiendo. Tuvimos nuestros momentos difíciles (sobre todo cuando le gustaba golpearme con estrofas demasiado acordes a la ocasión) pero “never mind the darkness we still can find a way”. Y cada vez que llega el solo de guitarra, me emociono, se me caen algunas lágrimas y me dejo llevar.
Así me pasa hoy: un invierno, a los veinticinco años y con fantasmas de amores y soledades que duermen cerca mío mientras ella sigue repitiendo “you're not the only one”.
miércoles, 29 de junio de 2011
Necesitaba decirlo
La vida es loca. Parece simple y por momentos te da un cachetazo que te hace tambalear el paradigma de turno. Es harto conocido eso de que a veces, para crear algo maravilloso, es necesario transitar la agonía que conlleva la destrucción de ideologías, conceptos, relaciones, objetos... La destrucción de todo! Ese grito ahogado, que late y respira en el mismísimo spot de nuestras emociones y que un día, sin pedir permiso, sale, ve la luz, siente el aire viciado y atraviesa la rutina dejando a su paso los restos de lo que "alguna vez fue". La ira y la angustia contenida tienen fuerza tsunami. Tengo la suerte de ser como un X-men capaz de transformar ese cúmulo de energía en algo que pueda ser útil a mi alma. Transmutar, cambiar de piel, de sentidos. Este momento de esa vida loca ya no es el ojo de la tormenta, es la calma posterior. El viento transita tranquilo y sin mayores impedimentos. Se desdibujan las ruinas, se archivan algunos recuerdos para el museo de las sensaciones y el pasto vuelve a crecer verde a través de los escombros. Y en el horizonte, veo acercarse hacia mi una silueta que ya no es sombra. Es una nueva página, un espíritu rebelde. Una invitación, libre de pasado.
miércoles, 8 de junio de 2011
martes, 10 de mayo de 2011
lunes, 9 de mayo de 2011
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