miércoles, 12 de octubre de 2011

C + A + R + L + A

En la vida real (fuera del escenario) me han llamado: Car, Carli, Carlu, Carlis, Carlita, Carlota, Carlucha, Carluchi, Carloncha, Carlanga, Carlos, Carlitos, Charlie, Chu, Chux, Chunita, Chunli, Churrumina, Chiqui, Chiquita, Corazón, Cosa, Cosita, Bonita, Bombóm, Bombona, Pokemona, Pokeoso, Amiga, Amor, Amoricto, Loca, Loquita, Flaca, Flaquita, Negri, Negrita, Bebé, Bebota, Gorda, Gordi, Mamita, Gringa, Gringuita, Muñe, Muñeca, Reina, Princesa, Linda, Puta, Putita, Putona, Perra, Perrita, Gata, Gatita, Neurus, Hormiga, Loli, Petri, Petriyo, Petrilo, Petrilio, Potrillo, Ño, Ñoña, Ñoñosa, Mordelona, Gregré, Gruñona, Pitufa, Bichito, Bruja, Vampira, Puerquito...


La lista sigue. A lo que quiero llegar; me tildan de estoica o pragmática cuando digo que todo, absolutamente todo es relativo. Hay que admitirlo: Las verdades tienen fecha de vencimiento. Existen las opiniones y la dificultad a veces demasiado evidente de definir y definirse. Estas nomenclaturas dan cuenta de las diferentes interpretaciones que hay sobre lo que soy. ¿Será momento de ponerme a armar el rompecabezas?

lunes, 10 de octubre de 2011

071010



// Me desahogo con la almohada. Estoy a punto de caer por el filo de la cama. Hay un silencio que gotea y una mascota que se acurruca en el sillón. Mi madre se fue a echar suerte por otros lares, mi padre duerme entre nostalgias polvorientas y mi hermano ama en un lugar lejano que me vio crecer. “I” no es más que un montón de cartas, “F” se escapó por los caminos de la vida y “M” jamás existió. La casa parece un fantasma errante y las ventanas no parecen dibujar un exterior. Oigo los pájaros que se acomodan en el techo y a mi alrededor, solo las cajas que encierran el pasado. El fantasma (parece ser) soy yo, el eje de una historia que metamorfosea el resto pero me deja como evidencia de lo que “ha sido”. De golpe, la frase de Barthes escrita en la pared me toma por la espalda y me abraza para que pueda dormir: “La vida está hecha a base de pequeñas soledades”. Ya lo creo. Hoy estoy sola, me sé sola. Soy ese punctum, esa foto borrosa, esa palabra que queda en loop a través del tiempo. Y me duele el tiempo que pasa y me mezquina un poco de paz. Me duelen los secretos que me guardo para mi, lo que no se dice y el abrazo que no llega. Me duele la nostalgia y lo que fuimos. Me duele la vida, el pecho, lo que no late, lo que se muere adentro. Me duele el egoísmo de saberme marchita, el olvido, la rutina. La tierra en los zapatos, las sábanas sin color. Me duelen las camas tibias, los perros inocentes, el pasto crecido, las tejas rotas. Me duele la media sonrisa, la conversación banal, el sin sentido. Me duelen las manos, el pelo que crece, las uñas despintadas. Me duelen mis padres y mis amores. Las casas que he visitado y las veces que lloré. Me duele ser un comodín, un oyente. Me duele la indiferencia a nuestros propios motivos, el espejo, la carne, el suelo que una vez pisaste. Es mucha angustia, mucho drama, mucho dolor. Y sin embargo, no pido morir. Todo continúa su curso carente de magia. No me salvará el amor ni la exaltación de la vida. Solo yo misma podré aceptar el vacío y finalmente existir en la libertad del abandono de todo recuerdo. //

(un año. me leo y no me reconozco)

viernes, 7 de octubre de 2011

La lluvia es un motivo visual que vuelve todo más intenso





En alguna realidad paralela, hoy salí de mi casa, como toda mañana de lluvia, pisando charcos con mis botas floreadas y observando el tránsito y el andar de lo que me rodea acrecentar la velocidad de sus movimientos (algunos creen que se mojan menos por ir más rápido). Yo caminé lento, en el mismo ritual, cruzando en las mismas esquinas, saludando a la misma plaza, mirándome en el mismo gran espejo de Canal 9. Justamente en esas calles archiconocidas, entre la cortina de agua y el filo de mi paraguas, apareció esa cara familiar y a la vez extraña. Esa imagen del amor, nebulosa, excitante. Manda a buscar a tu no buscar y estos serán los resultados, pensé. Me dió la mano y me invitó a dormir la siesta. Yo acepté y me fui, porque no hay cosa mejor que esa complicidad ancestral que no necesita de las palabras.

sábado, 1 de octubre de 2011

Stolker Mononeuronal

Y si. Te lo dedico a vos, que tal vez entres a este espacio, como hacías hace un tiempo para registrar cada uno de mis movimientos porque no te alcanzaron los ahorros dentro de la caja de lata ni la plata en el plazo fijo para comprarte una vida o al menos un poquito de dignidad (si ya sé, es algo caro en estos días pero deberías pensarlo como una inversión a futuro). Es un mini descargo, simple. No se gastan demasiadas palabras en algo tan gris, tan punto medio y tan M.R.U. (Movimiento Rectilíneo Uniforme). Tuve paciencia, que no fue para nada santa ni digna de admiración. Lo que tuve que soportar al menos sirvió para aprender que nunca más voy a estar en ese embudo de cosas negativas y denigrantes que significaba escuchar tus vacíos comentarios. "Nunca nadie te va a querer". Si, claro. Hablale a la mano, capaz que se copa y no te rompe la nariz. Y si no me quieren, que me importa! Al menos me hago cargo de lo que soy. ESTO, sólo ESTO: una mezcla caótica de impulsos, contradicciones, sentimientos extremistas... eso y mucho más en sólo 1.58 de altura. Y te lo grito en la cara y me burlo de tu intento cobarde de querer robarme o copiarme lo que soy, lo que de mi te servía, lo que tanto criticaste y usaste luego para suplir tu falta de originalidad. Soy muchas veces esclava de las palabras que no me atrevo a pronunciar, pero nunca del hecho de no haber amado, no haber sentido. Soy leal como espartano en batalla y eso es algo que nunca tu neurona solitaria llegará a comprender. Ya pasé la goma Dos Banderas sobre tu nombre. Ahora lo guardo en el subsuelo de la biblioteca de experiencias en el bibliorato de Expedientes Irrelevantes. Que te sea leve. Que te vaya bonito. Hace tiempo que dejé de odiarte. Te regalo a partir de hoy mi completa indiferencia.-

domingo, 25 de septiembre de 2011

Viva la tristeza!

Buscando chinos, bollos de calabaza fritos y cosas brillantes, me desvío unas cuadras por Teodoro García. Me acuerdo de Chacarita, de mis amigas y su mascota. Doy la vuelta (compro chipá) y eso es todo: lonas al sol, mate, conversación casual y el perro dando vueltas y enredándose con la gente que pasa. La ciudad murmura, porque los domingos habla bajo, le tiembla la voz. A mi se me cierran los ojos, me duele la cabeza y tengo la sensación de que todo da vueltas (son los resabios de una noche larga). Después de unas horas, cuando el día parece terminar como empezó, me pasa a buscar mi compañero de aventuras y nos vamos rumbo a plaza Bolivia. Como siempre, derecho por Lacroze, luego doblar en Libertador. Maravillarnos con las casas que parecen mansiones, hablar de los domingos a la tarde, del tiempo que nunca muere y del desamor latente. Su ansiedad y mis reflexiones. Su catarata de palabras y mi mirada perdida. Nos sentamos a cenar en la vereda. A nuestro alrededor, un grupo de ancianas (El Club de Amigas del Bridge de Las Cañitas) nos miran con fingida compasión. "Para muchos esto es grasa, para mi son vacaciones". Lo escucho decir eso y recuerdo por qué lo quiero y por qué estamos una vez más comiendo juntos, en la calle, como indigentes de la vida, libres de todo (de casi todo). Se queda callado y lo dejo ser. Yo sé que es así cuando lo ataca la nostalgia. Yo estuve en el mismo lugar, en la misma abstinencia... en esa emoción atragantada de extrañar a diario a quién inevitablemente se vuelve un fantasma con el correr de los días. Emprendemos la vuelta caminando erráticamente intentado esquivar el lunes que se avecina. Nos contentamos con un nuevo chiste, una nueva anécdota y con Buenos Aires, la ciudad que nos adoptó y tantas veces nos vio vagabundear. Llego al silencio de mi casa. Me acuesto con las manos siempre frías, la cabeza fresca y el espíritu en tibia paz (sólo porque es domingo). No me invade la soledad. No. ¿Por qué? Porque solía sentirme sola hasta que me hice amiga de mis demonios.




miércoles, 24 de agosto de 2011

domingo, 7 de agosto de 2011

La lluvia de noviembre y yo

Dicen que nada dura para siempre. Es algo que dicen y cada tanto tomo como estandarte de mis propias ideas. Pero el mundo es demasiado relativo como para ponerse a batallar entre verdades e incertezas. Intuyo que hay algo que escapa a esa premisa. Al menos, por ahora. No puedo saber si permanecerá “por siempre”, pero creo que tiene potencial longevo y sobrevivirá mientras algo de mi sobreviva. Es una historia de amor. Y empezó cuando tenía once años.

Estábamos con mi familia de visita en la casa de una de mis tías. Pregunté por mi primo y me dijeron que estaba en su habitación. Me dirigí al pasillo y subí el primer tramo de la escalera hasta llegar al descanso. Recuerdo todos los detalles: el otoño, el piso de parqué, los escalones que rechinaban. La luz del sol entibiaba el vidrio de la ventana en la que me apoyé súbitamente al escuchar la música que empezó a sonar en la habitación. Era como escuchar la lluvia. Algo mágico, hipnótico. Me senté en uno de los escalones y me quedé ahí, procesando la letra, la música y lo que me pasaba. Quieta y en silencio como quien está en presencia de lo inexplicable. De repente, un solo de guitarra y se me anudó la garganta (por un momento creo que me escapé de mi cuerpo). Y ahí lo supe: me había enamorado de esa conjunción de música y palabras.

Cuando salí del trance, le pude preguntar a mi primo qué era eso. Por suerte mis padres son jóvenes y se casaron siendo rockeros de pelos con permanente en aquellos gloriosos ochenta. Me bastó con buscar entre las cajas de cassettes que había amontonadas en el living de mi casa para encontrar lo que quería. Auriculares, cuaderno y lápiz y una larga sucesión de Rew y Pause me llevaron a dar con el significado de la letra. Durante mi infancia no hubo vacaciones pomposas ni programas de Cris Morena pero tuve siempre el carnet de la biblioteca al día, una bici que me lleve a todos lados y clases de inglés dos veces por semana. Mi papá decía que un día me iban a servir de algo. Y no se equivocó.

Me llevó sus años transitar y comprender el alcance de esa canción. Ella me dice claramente que “nothin' lasts forever and we both know hearts can change”. Pero yo la sigo queriendo. Aún la sigo procesando, sintiendo. Tuvimos nuestros momentos difíciles (sobre todo cuando le gustaba golpearme con estrofas demasiado acordes a la ocasión) pero “never mind the darkness we still can find a way”. Y cada vez que llega el solo de guitarra, me emociono, se me caen algunas lágrimas y me dejo llevar.

Así me pasa hoy: un invierno, a los veinticinco años y con fantasmas de amores y soledades que duermen cerca mío mientras ella sigue repitiendo “you're not the only one”.

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